La semilla viva, legado de los pueblos originarios

El autor de la nota conduce el lugar denominado La Huerta de Tipón. Una hermosa y floreciente asociatividad de cultivos

Autor: Alain P. Dlugosz Salas. Conocimos a Alain en el reciente viaje a la ciudad del Cusco, conduce un hermoso restaurante llamado: La Huerta de Tipón; el día que lo visitamos tuvimos la suerte de cosechar nuestra comida, del huerto donde tiene a sus engreídas: plantas de diferentes color, sabor y olor. Compartimos con el público de Hidráulica Inca su artículo, que estamos seguros nos hará reflexionar en la fiesta a la Pachamama que estamos por celebrar este 22 de abril. 


Mientras el “humano de Occidente” se comprende como un “ser pensante” que piensa al objeto “semilla” para integrarlo a su construcción mental del mundo; el “humano andino amazónico” busca de manera opuesta integrarse en una “relación recíproca afectiva” con la “entidad semilla”, para generar un lazo entre “sujetos”, buscando armonizar al ser “que piensa” y al ser “que está”, ser que por tan sólo estar “aquí y ahora”, posee intrínseca y causalmente la facultad de ser, sentir, pensar, comunicar, etc.

No es de sorprender que la semilla en Occidente haya terminado por verse como algo puntual, simplemente como un grano del cual obtenemos otra planta similar. Mientras que la perspectiva andina-amazónica, a través de una lectura más afectiva, entiende la semilla como todo lo que genera vida. La semilla es semilla… pero es semilla también todo aquello que encarna un sentido importante, una wawa, un humano, un animalito, un sentimiento, una idea, una palabra, una montaña, una laguna, un río, etc. Todos se pueden “criar” de la misma manera. La mayoría de los pueblos originarios americanos eran criadores/agricultores contemplativos para quienes el mensaje que se les revelaba del mundo” era, consecuentemente, sencillo: “Todo y todos podemos ser semillas de vida, en buenas condiciones de siembra y crianza”.

En el mundo andino-amazónico todo y todos podemos ser semillas, en buenas condiciones de siembra y crianza

Podríamos afirmar rápidamente que nuestra civilización occidental se construye bajo una idea mayoritaria de globalización y de liberalismo económicos. De una casi irracional búsqueda del crecimiento por el crecimiento, en cuya propia vorágine nos hemos incomprensiblemente insertado, y que nos ha llevado en su inercia a dejar de lado lo que siempre fue búsqueda primordial para todos los pueblos de todas las épocas: El meticuloso cuidado de ritualizar sentidos, de transmitir responsabilidades relacionales y sembrar actitudes que garanticen ante todo el futuro (¿la eternidad?) del entorno en el que vivimos.

¿Cómo resembrar en nuestra sociedad moderna aquella responsabilidad primordial, que siempre se tuvo, que por alguna razón perdimos en Occidente, y que tanta falta nos hace hoy como civilización planetaria? Lo biocultural plantea la existencia de una inseparable y esencial relación entre lo biológico y lo cultural que le acompaña. Afirmando, por extensión, que toda semilla está ligada a la cultura que la crió, y viceversa… un ecosistema. O mejor. Ecosistemas. Comprendidos como conjuntos de sistemas de vida coexistentes en estrecha relación de interdependencia y que a su vez garantizan la subsistencia del sistema integral mismo. La vida es un inextricable y delicado “tejido” de infinitas “relaciones” trenzando, al infinito, diversidad biológica y cultural; y las hebras del tejido revelan ser todas por igual importantes para la subsistencia del manto entero. “El diálogo entre culturas, es la única salida”, insistía siempre en sus charlas el gran maestro Grimaldo Rengifo del Pratec.

“El señor de Sipán y la semilla del maní”

¿Era un rey, no? Claro. ¿Y por qué era un rey? Porque todo indica que era el “jefe”. ¿Tenía corona? No… pero algo parecido, un tocado… ¿Tenía cetro? No. Pero algo parecido, una suerte de báculo… Su principal joya era un inmenso collar que representa maníes. ¡Unas semillas gigantes!

Ajuar encontrado con el Señor de Sipán, se observa las semillas de maní alrededor de su cuello

¡Símbolo del poder de su producción y de la grandeza de su reino! ¡Era un noble! ¡Sí! ¡Un rey!…Nunca se incluye la “mirada” del andino, del campesino-criador, que fue también en su tiempo el “señor Moche.” He aquí la historia dentro de la historia. Cuando se siembra la semilla del maní y ésta germina, crece de su núcleo un tallo central que enraíza y ramifica, florece y fructifica en vainas, con semillas que la planta se encargará de “sembrar” ella misma dentro de la tierra, en una circunferencia “circular ” a partir del tallo central, generando una supervivencia por proliferación homogénea de la planta. Entonces… ¿Qué nos asegura que el “Señor de Sipán” se veía a sí mismo como un rey a la europea”? Tal vez se miraba a sí mismo como “alguna responsabilidad local” que busca actuar como el maní, como un buen padre/madre, que hace crecer fuertes sus ramas para permitir que sus hijos/semillas viajen hacia todas las direcciones, siempre dando oportunidad de agrandar la “familia” a partir del “corazón” de la planta.

El caso Conga

En 2012 se agudizan las protestas de las comunidades campesinas afectadas en contra del proyecto minero de explotación de oro y cobre Conga, de más de 6 millones de dólares de inversión de la Sociedad Yanacocha. El problema en cuestión, la contaminación de las importantes reservas acuíferas de la región, de tradición esencialmente agrícola-ganadera. Las negociaciones resultarán todas infructuosas para los intereses de la empresa minera y el Estado. La solución propuesta por el proyecto es la construcción de diversos reservorios de agua, de mayor capacidad, a cambio de las lagunas y fuentes de agua que serían requeridas para el proyecto minero, que implica además el desplazamiento de algunos poblados. Las comunidades se niegan rotundamente alegando que “no desean perder lo que tienen y son”. La respuesta del Estado es una muy violenta represión contra los comuneros que son presentados masivamente como “gente de bajo nivel cultural, agitadora social, manipulada y resentida, que está en contra del progreso de la nación”.

Nuevamente la pregunta intercultural humildemente resuena: Si para los andinos-amazónicos, las lagunas no son recursos naturales sino más bien son “qochas”, entidades vivas que como las semillas son madres protectoras que nos cuidan y nutren. ¿Quién sería capaz de cambiar a su “madre” por otra? O, yendo más allá aún ¿quién esperaría que el otro cambie a la suya, por más que la nueva sea más grande y valga 6 millones de dólares?

¿Habrá finalmente alguna solución a tanta confusión moderna al  comunicarnos?

¡Claro que sí!

Hay que reaprender del gran ecosistema, hay que aprender a (sobre) vivir de la capacidad de coexistencia consciente, apaciguada y constructiva; a reeducarnos, a retomar las riendas del quiénes somos y del cómo buscamos colectivamente las soluciones importantes, para cuidar la vida.

A nosotros, quizás nos toque también retomar el viaje hacia adentro, para reencontrarnos con lo más profundamente relegado en nosotros mismos por nosotros mismos.

Osemos abrir las otras páginas, en las que también legaron sus voces nuestros demás ancestros, páginas que no llevan mayor palabra que la de la vida misma, y que perennizan su persistente eco de sabiduría en las vivencias de los actuales pueblos originarios.

El verdadero tesoro legado por nuestros pueblos originarios quizás no se desenterrará nunca de algún parque arqueológico.

Sabremos que estamos ya preparados cuando permitamos conscientemente que se vuelva a sembrar en nosotros aunque fuera tan sólo una pequeña dosis de su manera amable de entender la “semilla”, de entender al mundo, de entender la importancia de su cuidado. Se puede salvar de la extinción la diversidad de nuestras semillas y culturas.

Y para empezar cada quien debe aportar su granito de arena, recomprendiendo sincera y responsablemente nuestras diversas y propias maneras de entender al mundo, nuestras propias maneras de relacionarnos con él y con lo otro que nos rodea. Solamente reentendiendo y rehaciendo las paces con nuestro propio ecosistema biocultural y con nuestro sentido profundo de vida se podrá quizás lograr que el tejido se sane y se reconstruya. La naturaleza siempre lo logra. ¿Por qué no nosotros? Formamos parte de ella. Intentemos entonces ser simplemente como ella, como la “buena semilla”. Quizás ya no nos sirva tanto –como en el siglo XVI- construirnos un imaginario colectivo de estereotipados, poderosos y dominantes reyes sino más bien de existencias” capaces de relacionarse con el mensaje del Maní. Ser como buenos padres, que aseguran que sus hijos crezcan y puedan partir saludablemente hacia todas las direcciones, prolongando siempre el sentido de subsistencia de la familia”, en cualquier lugar al que lleguen… Pero que no nos asuste el desafío, porque, para ser sinceros, ser semilla, no puede ser tan difícil… Pensemos que también tenemos y somos en el alma, por herencia pluricultural, el legado ancestral de pueblos que supieron literalmente “mover montañas”…

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